Yo sabía que estaba en apuros, pero mi plan de escape era sencillo -una mentira rápida y fácil: «¡Yo no fui!»
Ella siguió con su interrogatorio con mis hermanas, pero después de que ellas lo negaron, todos escuchamos esas palabras que nos eran tan familiares: «¡Esperen a que su papá venga a casa!» Mi plan de encubrimiento estaba condenado al fracaso, y más tarde esa noche confesé.
Nadie me había enseñado a mentir. Tal y como lo admite el salmista David, «en maldad he sido formado» (Salmo 51
. Pero en medio de su pecado, David supo a dónde ir -al Dios de abundante misericordia que nos limpiará de nuestro pecado (vv. 1-2).
Cuando reconocemos la continua realidad del pecado en nuestras vidas, se nos recuerda nuestra continua necesidad de la presencia de Dios y el poder de Su Palabra para mantenernos a salvo y espiritualmente cuerdos. Él está esperando que confesemos nuestras faltas y aceptemos el perdón y la limpieza que siempre está dispuesto a ofrecernos.
Recuerda, ¡una zambullida refrescante en la misericordia de Dios te espera al otro lado del pecado confesado! -JMS
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